LA PRESIDENCIA IMPERIAL
En la política, la forma es el fondo, es la frase certera que acuñó Federico Reyes Heroles, Secretario de Gobernación con López Portillo y que se ha convertido en apotegma de la vida pública mexicana. Así, este gobierno falto de legitimidad está empeñado en demostrar en sus actuaciones públicas que ha asumido, el proyecto de la vieja presidencia imperial priísta donde ciudadanos y funcionarios son considerados como meros súbditos cuya mayor libertad consiste en rendir pleitesía al emperador sexenal. Felipe Calderón opta por dar un “informe” a la Nación lejos de toda obligación constitucional, con la presencia oficiosa del Presidente de la Suprema Corte, rodeado por su cohorte de Secretarios de Estado, ante unos empleados federales acarreados para arroparse en su aplauso incondicional como con el de personajes tan siniestros como los gobernadores como de Puebla y Oaxaca. Para evidenciar el “poder del presidente” sostenido por el poder de las bayonetas, se conmemora el Grito de Independencia luego de que el ejército tomara por asalto, con varios días de anticipación, el zócalo capitalino, cercándolo con vallas. Únicamente hicieron falta los carros de asalto para reeditar el espectáculo represivo que ofrecía la Plaza de la Constitución en septiembre y octubre de 1968. En el sexenio anterior se execró a López Obrador por su falta de respeto al haber llamado “chachalaca” al presidente de la república. En el peor de los casos se trataba de un “tercero” que acaso pretendía “rebajar” la muy disminuida dignidad presidencial que el propio Fox se había encargado de frivolizar. Pero ¿qué puede decirse si los propios titulares del ejecutivo, se empeñan en rebajar la dignidad de su cargo? Felipe Calderón, no obstante que en ceremonias oficiales, ostenta la Banda Presidencial símbolo de la alta investidura y legitimidad que dice tener, con toda la trivialidad que caracterizaba a Vicente Fox se dedica a besuquear a cuanta dama se encuentra por su camino, sin que nadie se lo reproche, pues es el emperador sexenal. Si un simple ciudadano lleno de fervor patriotero decide vestir a sus críos como soldados y así disfrazados llevarlos a que presencien el desfile conmemorativo de la Independencia, allá él y sus gustos folklóricos. Pero si el Presidente de la República permite que sus menores hijos porten uniformes y grados militares y los ubica en el balcón central de Palacio Nacional, en igualdad de condiciones, con los Secretarios de la Defensa y Marina, parece una desmesura similar a las del haitiano Baby Doc o del ugandés Idi Amín Dada. Todavía no se cumple un año en el gobierno y ya se cae en tales excesos. No vaya a suceder que al término de su mandato vaya a actuar como se dijo del señor de la guayabera, quien, casi al final de su gestión, para mostrar su prepotencia o tal vez su desprecio por sus anfitriones, al término de una comida con industriales del Estado de México, se subió a orinar en la mesa de honor, delante de todos, mientras que éstos, obsequiosos, le aplaudían. Hay que tener presente que el poder, como el coñac, requiere beberse a sorbos, sobre todo cuando se tiene una naturaleza débil. Los héroes trágicos griegos incurrían en hybris, una inmensa falla moral, cuando asumían conductas propias de los dioses. Por ello aquel emperador romano, que encarnaba todo el poder del Imperio, tenía un esclavo cuya única obligación consistía en decirle al despertar: recuerda que haz de morir. Ahora sería: recuerda, el sexenio acaba.ROGER MAJO